Amor y devoción de hombre con su madre: Kolbe y la Inmaculada

REFLEXIONES EN FRONTERA, jesuita Guillermo Ortiz


En agosto tenemos dos celebraciones juntas que unen a un buen hijo con la madre del alma. El celebramos a Maximiliano Kolbe el 14, que fundó los Caballeros de la Inmaculada. Y el 15 es la Asunción de la Virgen al cielo en cuerpo y alma.

Maximiliano Kolbe, sacerdote franciscano polaco, en el infierno del campo de concentración Nazi de Auschwitz, se ofreció en lugar de un condenado a muerte, porque el otro tenía familia y él no. Fue canonizado como “mártir de la caridad”.

La relación de amor y devoción de Maximiliano con la Virgen no hizo que la pasara “color de rosa”. Pero esta relación de fe y amor a la Virgen fue fundamental para “sobrevivir”, soportar, superar y vencer la crueldad asesina. Un campo de concentración es una situación de lucha también interior muy grande, de sufrimiento extremo.

Y la Madre de Jesús y de su Pueblo en camino, aparece aquí como una flor que resplandece para Maximiliano en medio del albañal; como una caricia materna, humano-divina en el gélido frío de la inhumanidad, del maltrato cargado de odio asesino por los de otra raza.

Así es la experiencia de fe del Pueblo de Dios: El rezo suave, el trato filial con la madre del alma, lleno de consuelo por su caricia de amor, nutre el corazón con la luz y la fuerza de la fe para el momento difícil de prueba, de combate duro, de sufrimiento extremo.

Y la Virgen -que soportó en la esperanza al pié de la cruz de su hijo, y que recibió el consuelo de la resurrección de Jesús-, acompaño a Maximiliano Kolbe en su martirio y su abrazo fue el cielo.

(from Vatican Radio)
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